A veces, el autor desconocido se asoma a Letras Libres… acaba de leer la reseña de Alejandro Rossi y concluye: “Uy… menudo problema”.
Luego de cavilar escribe esto:
Estimado dr. Rossi:
Mejor no confrontemos nuestra legitimidad ni vayamos detrás de argumentos o excusas. Mucho menos si de por medio está la figura de un escritor como usted, que sabe escribir. La afirmación que cita no debería ni despeinarlo. Pero un tábano debe zumbar y revolotear al interior de su oficina. ¿Por qué expone esta ‘fantasía rústica’? ¿Lo incomoda que se haya colado en el imaginario popular?
Afortunadamente, y gracias a Dios, podemos afirmar que en estos tiempos donde (casi) todo se vale nadie podría demostrar que la academia mexicana se corresponda con la ‘fantasía rústica’ o con cualquier otra cosa, por citar aquello que Chomsky (un Pera Loca “académico”, por cierto) llama “aristocracia del intelecto”. Afortunadamente.
Pero ya entrados en asuntos de academias y políticas culturales, sería conveniente averiguar qué sucede con esa ‘fantasía’, porque el académico burócrata es tan pernicioso como el policía corrupto el político sinvergüenza o el vil dictador. Arquetipos, sin embargo, de los cuales se han valido todos nuestros grandes escritores a la hora de aportar una obra al género de las novelas de dictaduras.
Es a través de este género que los escritores latinoamericanos han identificado el elemento activo para la construcción de toda dictadura: el afán de imposición. Son muchas las novelas que reúnen los mismos elementos… dictador, oposición, héroe libertador y un pueblo partido en dos; elementos constitutivos de este género latinoamericano.
Si George Orwell y Aldous Huxley, entre otros anglosajones o europeos, plasmaron estados que en aras del bienestar general crean estados totalitarios y regidos por la fría razón; en las historias de nuestra región, el elemento clave es el veleidoso e inescrutable capricho del personaje. Un sujeto (por lo general hombre y general) que carga sobre sus hombros una responsabilidad, su pueblo; y se valdrá de un paternalismo in extremis con tal de velar por la unidad del mismo. Y no dudará en usar los cañonazos o meter a la cárcel a los inconformes o a los que osen opinar distinto.
En el género de las novelas de dictaduras, pues, observamos un enfrentamiento de personalidades. Los asuntos políticos ideológicos son meras anécdotas porque el comportamiento de los personajes y el devenir de los acontecimientos siempre es el mismo: la imposición de un sólo punto de vista, una sola verdad, una sola idea. Esto, aunado a los humores del dictador y sus asesores (la oligarquía), termina en convertirse en la dictadura del caos. Y curiosamente, este caos es piramidal y altamente jerarquizado. Como impone, no dialoga. Y como no dialoga, cada quien se defiende a sí mismo.
Y así, sin que los opositores se den cuenta, se comportan como el partido de la dictadura, y el héroe libertador, en dictador. Hasta que llega otro grupo y los reemplaza… esa es nuestro variante del ‘eterno retorno’.
¿Será que el comportamiento de “la academia” tenga la misma forma? ¿Será que impone una sola visión de las cosas? Y si no… ¿será capaz de cuestionarse “de verdad”? Para saberlo sería necesario que espacios como el Instituto de Investigaciones Filosóficas comiencen a poner en práctica un ejercicio que podría modificar estos estereotipos, que aparecen en las novelas de dictaduras, e imponer, paradójicamente, el diálogo con la alteridad.
Dado su carácter, este diálogo no puede ser sistematizado ni programado (caeríamos en el deseo de control, propio del pensamiento científico). Debería guiarse por azares y destinos; o mejor dicho, “a como venga” y de manera abierta. Un diálogo de respeto e intercambio de ideas tratando de comprender al otro y aceptando su “lógica”.
Porque si en esta época de cuestionamientos y ambigüedades donde (casi) todo se vale o es legítimo (creo que más o menos así lo expresa Michel Maffesoli) habría que indagar qué estamos pensando como sociedad. Se trata de preguntarle a esos “otros” que habitan en el Otro México que señaló Paz y que hasta ahora no tiene los pergaminos ni las instituciones que lo legitimen ni avalen en esto que debería ser un gran diálogo y que llamamos sociedad.
El autor desconocido no firma, sólo espera…

cada escritor vive en su propio mundo es por eso que observa al mundo de diferentes maneras , esto es lo que diferencia a cada uno